Desde la aparición de la inteligencia artificial generativa, muchos profesionales han comenzado a experimentar, investigar y descubrir sus posibilidades. Hoy podemos utilizarla para analizar información, desarrollar ideas, elaborar informes, mejorar un texto o incluso construir documentos completos a partir de unas pocas instrucciones.
No es mi intención detenerme en las explicaciones técnicas sobre cómo funciona esta tecnología. Me interesa abordar una cuestión que está generando discusiones, particularmente en los círculos profesionales, académicos e intelectuales: ¿es legítimo presentar como propio un escrito elaborado con inteligencia artificial? ¿Estamos ante un uso adecuado de una herramienta o frente a una forma de apropiarnos del trabajo de una máquina?
La discusión no es menor. Algunos consideran que utilizar IA para escribir un artículo, elaborar un informe o desarrollar una investigación resta legitimidad a su autor. Otros entienden que estamos frente a una nueva herramienta de trabajo, tan válida como lo fueron en su momento las calculadoras, los procesadores de texto o los programas especializados que hoy utilizamos en prácticamente todas las profesiones.
Pensemos, por ejemplo, en los avances científicos. Actualmente, los investigadores pueden utilizar sistemas computacionales e inteligencia artificial para procesar millones de combinaciones, identificar patrones y explorar posibilidades para descubrir nuevas moléculas o desarrollar soluciones. Difícilmente cuestionaríamos la legitimidad de un descubrimiento científico por el hecho de haber utilizado estas herramientas. Sin embargo, cuando descubrimos que un profesional utilizó IA para elaborar un informe sobre la situación económica de un país, un artículo o una propuesta empresarial, nuestra reacción puede ser muy diferente. Incluso podríamos cuestionar su ética y considerar que ha presentado como propio un trabajo que realmente no realizó.
¿Dónde está entonces la diferencia? ¿Cuándo utilizar inteligencia artificial es una práctica legítima y cuándo puede convertirse en una conducta cuestionable?
El piloto, el automóvil y la carrera
Recientemente escuché a Regina Freyman Valenzuela, profesora del Tecnológico de Monterrey, utilizar una metáfora que me pareció particularmente ilustrativa para comprender esta relación entre la capacidad humana y la inteligencia artificial.
Imaginemos una carrera de Fórmula 1. En ella participan pilotos que han desarrollado extraordinarias habilidades, destrezas, reflejos, conocimientos técnicos y una preparación física y mental rigurosa. Pero ninguno de ellos compite solamente con sus capacidades personales: necesita un automóvil diseñado con una ingeniería extraordinaria, tecnología de punta, un equipo de especialistas y una estrategia de carrera.
El automóvil es una máquina. Tiene un motor, sistemas electrónicos, sensores, dispositivos aerodinámicos y una enorme capacidad tecnológica. Sin embargo, disponer del mejor automóvil no garantiza ganar la carrera. El resultado depende de la interacción entre la máquina, el piloto, el equipo que lo respalda y las decisiones que se toman durante la competencia.
Un mismo automóvil, incluso con las mismas prestaciones, puede ofrecer resultados diferentes dependiendo de quién lo conduzca y de cómo se gestione la carrera.
En esta analogía, la inteligencia artificial representa ese vehículo de alta tecnología. Es una herramienta extraordinariamente potente que permite ampliar nuestras capacidades y alcanzar resultados que difícilmente conseguiríamos con los recursos tradicionales. Pero el profesional sigue siendo quien establece el propósito, define la estrategia, orienta el recorrido y asume la responsabilidad por el resultado.
El piloto no necesita fabricar el automóvil para ser reconocido por su desempeño. Su mérito está en saber conducirlo, aprovechar sus prestaciones, interpretar las condiciones de la carrera y tomar las decisiones oportunas.
De igual manera, el profesional que utiliza inteligencia artificial no pierde necesariamente la autoría de su trabajo por haber recurrido a esta herramienta. La cuestión fundamental está en cómo la utiliza, qué aporta al proceso y de qué manera asume la responsabilidad por el resultado.
La diferencia está en quién conduce
Pensemos en un profesional que utiliza inteligencia artificial para elaborar un informe, una carta, una propuesta comercial o un artículo. ¿Qué destreza ha puesto en práctica que lo diferencia de otro profesional que utiliza exactamente la misma herramienta?
La respuesta está en buena medida en la forma de conducir el proceso.
¿Qué preguntas formuló? ¿Qué información aportó? ¿Qué conocimientos previos utilizó para orientar las respuestas? ¿Qué fuentes solicitó consultar y cuáles consideró confiables? ¿Qué aspectos cuestionó? ¿Qué límites estableció? ¿Qué información contrastó? ¿Cuántas veces reformuló las instrucciones hasta obtener un resultado satisfactorio?
En otras palabras, la diferencia no está solamente en la herramienta, sino en la capacidad de quien la utiliza para dirigirla.
Dos profesionales pueden solicitar a una misma inteligencia artificial que desarrollen un informe sobre un mismo tema y obtener resultados completamente diferentes. Cada uno llegará con conocimientos, experiencias, recuerdos, perspectivas, expectativas y criterios propios. Todo ese bagaje influirá en las preguntas que formule, en la información que considere relevante y en la manera de evaluar las respuestas.
Incluso cuando ambos utilizan instrucciones similares, su capacidad para identificar errores, reconocer oportunidades, cuestionar conclusiones y enriquecer el contenido puede producir resultados muy distintos.
Por eso, no basta con tener el mejor automóvil de carreras: hay que saber conducirlo. Y, en el mundo de la inteligencia artificial, saber conducir significa mucho más que escribir un buen prompt. Significa tener claridad sobre lo que se quiere lograr, saber preguntar, aportar conocimiento, establecer criterios, contrastar información y evaluar críticamente lo que la máquina produce.
¿Escribir con IA es hacer trampa?
Creo que debemos distinguir entre utilizar una herramienta para potenciar nuestras capacidades y delegarle completamente nuestro trabajo, sin aportar criterio, conocimiento ni revisión, para luego presentarlo como si fuera una elaboración personal.
No son situaciones equivalentes.
Si un profesional utiliza IA para organizar sus ideas, explorar argumentos, contrastar información, mejorar la redacción y desarrollar un documento que finalmente revisa, corrige, complementa y respalda con su conocimiento y experiencia, estamos ante un uso legítimo de una herramienta de trabajo.
Por el contrario, si entrega un documento generado automáticamente, sin verificar sus datos, sin comprender sus argumentos y sin asumir responsabilidad por su contenido, difícilmente puede defender la calidad profesional de ese trabajo. Y si existen reglas académicas, institucionales o contractuales que exigen declarar el uso de estas herramientas, ocultarlo también puede constituir una falta de ética.
La legitimidad no depende exclusivamente de si utilizamos o no inteligencia artificial, sino del propósito, la transparencia, la contribución intelectual y la responsabilidad que asumimos frente al resultado.
No podemos confundir la autoría con la ejecución manual de cada tarea. Un director no tiene que realizar personalmente todas las actividades de su organización para ser responsable de sus resultados. Un arquitecto no necesita fabricar cada material que incorpora en su diseño. Un investigador no pierde el mérito de su trabajo por utilizar instrumentos tecnológicos que amplían sus posibilidades.
Lo verdaderamente importante es qué aporta cada persona al proceso y de qué resultados se hace responsable.
El verdadero cambio: ¿dónde estará el valor del profesional?
Quizás la reflexión más importante no está en determinar si es correcto o incorrecto utilizar IA para escribir un documento. El cambio que estamos viviendo es mucho más profundo.
Durante décadas, buena parte del valor diferencial de un profesional estuvo asociado a su capacidad para producir determinados resultados: redactar correctamente, organizar información, elaborar análisis, preparar presentaciones o desarrollar documentos técnicamente bien estructurados.
La inteligencia artificial está haciendo que muchas de estas tareas sean cada vez más accesibles. Hoy, producir un texto claro, bien organizado y sin errores puede estar al alcance de prácticamente cualquier persona que sepa utilizar estas herramientas.
La redacción, en su dimensión más instrumental, corre el riesgo de convertirse progresivamente en un commodity: algo que se puede obtener con facilidad y a un costo cada vez menor.
Esto no significa que escribir bien haya perdido importancia. Significa que escribir correctamente ya no será, por sí solo, un elemento suficiente para diferenciarnos profesionalmente.
El verdadero valor estará cada vez más en la capacidad de pensar, interpretar, cuestionar, conectar conocimientos, formular buenas preguntas, identificar oportunidades y proponer soluciones originales. Estará en la experiencia acumulada, el juicio profesional, la creatividad y la capacidad de tomar decisiones.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a producir un informe, pero no debería sustituir nuestra capacidad para comprender el problema que ese informe intenta resolver. Puede ofrecernos alternativas, pero necesitamos criterio para seleccionar las adecuadas. Puede desarrollar argumentos, pero debemos ser capaces de cuestionarlos y defender nuestras conclusiones.
Tal vez estamos entrando en una etapa en la que la diferencia entre los profesionales no estará en quién escribe mejor o más rápido, sino en quién es capaz de pensar mejor, orientar adecuadamente la tecnología y convertir sus resultados en decisiones y soluciones de valor.
Al final, en la Fórmula 1, la tecnología seguirá evolucionando, los automóviles serán cada vez más sofisticados y los equipos dispondrán de mejores instrumentos. Pero la capacidad de interpretar la carrera, tomar decisiones y conducir seguirá siendo determinante.
La inteligencia artificial puede ser nuestro mejor automóvil, pero el conocimiento, el criterio y el pensamiento humano siguen siendo el piloto.
Alejandro Rivera Prato
Revisado y mejorado con IA GPT
